El lunes.

    Ese día mágico en el que, por alguna razón, vas a empezar a entrenar. Lo has decidido. Esta vez sí. Lo mismo llevas diciéndotelo desde hace tres meses.

    • —Este lunes empiezo.

    Y llega el lunes. Pero resulta que tienes mucho trabajo. Bueno… el siguiente.

    • —Después de vacaciones.

    Y después de vacaciones aparece otra cosa. Así que lo dejamos para septiembre, que siempre ha tenido fama de ser un mes muy serio para empezar cosas.

    El problema es que septiembre llega. Y tú sigues igual.

    No te falta información. Sabes que entrenar es bueno. Sabes que necesitas moverte más. Sabes que te vendría bien perder algo de grasa, ganar fuerza, mejorar tu condición física, rendir mejor en tu deporte, prepararte para competir o, simplemente, volver a sentirse bien.

    Lo sabes. De hecho, probablemente podrías darme una charla de veinte minutos sobre los beneficios de entrenar.

    Pero no empiezas. Y ahí está el problema.

    Porque esperamos a tener tiempo para entrenar. A tener ganas. A estar descansados. A encontrarnos en forma. A que la vida se calme un poco. Y si esperamos a que todo eso ocurra… podemos esperar sentados.

    Después de muchos años entrenando y trabajando con personas, hay algo que he visto una y otra vez: la mayoría no necesita que le expliquen que entrenar es bueno. Lo que necesita es dejar de esperar el momento perfecto para empezar. Porque el momento perfecto casi nunca aparece.

    Y aquí viene la trampa: no empiezas a entrenar porque estás en forma. Te pones en forma porque empiezas a entrenar.

    No necesitas que todo esté a favor. Necesitas tomar una decisión. Aunque hoy no sea lunes. Aunque tengas poco tiempo. Aunque lleves meses diciéndote que mañana.

    Porque el cambio que estás buscando no empieza cuando estás preparado. Empieza cuando decides dejar de esperar a estarlo.

    Y para entenderlo, déjame presentarte a Carlos.

    Este es Carlos. El lunes de Carlos.

    • —Mañana empiezo.

    Carlos lo dijo con la seguridad de un hombre que acababa de descubrir la cura contra la pereza. Su mujer ni levantó la cabeza del sofá.

    • —¿Mañana?
    • —Sí. Mañana.

    Había comprado unas zapatillas nuevas, una camiseta técnica y hasta una botella de agua de esas que parecen diseñadas para sobrevivir a una expedición al Everest. Todo preparado.

    A las 7:00 sonó el despertador. Carlos abrió un ojo. Miró las zapatillas. Miró el reloj. Y pensó:

    «Hoy no es un buen día para empezar. Si empiezo cansado, lo voy a hacer mal.»

    Se dio la vuelta. El martes tampoco. El miércoles tenía trabajo. El jueves había dormido poco. El viernes decidió que empezar un viernes era de aficionados. Y el sábado tenía una comida.

    El domingo, mientras cenaba, volvió a decir:

    • —Mañana sí.

    Su mujer esta vez sí levantó la cabeza.

    • —Carlos…
    • —¿Qué?
    • —Llevas seis lunes empezando mañana.

    Carlos se quedó callado. Porque tenía razón.

    Y lo curioso es que Carlos quería entrenar. No necesitaba que nadie le convenciera de que le vendría bien. Quería sentirse más fuerte, perder unos kilos y dejar de subir las escaleras de casa como si estuviera negociando con sus pulmones.

    Lo que quería era empezar cuando todo estuviera a favor. Con tiempo. Con ganas. Descansado. Motivado. En forma.

    El problema es que ese día perfecto llevaba seis meses sin aparecer. Y probablemente seguiría sin aparecer.

    Porque Carlos estaba esperando sentirse preparado para empezar. Y no había entendido algo muy sencillo: muchas veces no empiezas porque estás preparado. Empiezas precisamente para estarlo.

    Entonces… ¿por qué?

    Porque muchas veces creemos que primero tenemos que tener ganas para entrenar. Que primero tenemos que encontrar tiempo. Que primero tenemos que ponernos un poco en forma.

    Y no.

    Las ganas ayudan. La motivación ayuda. Tener tiempo ayuda. Pero si necesitas que todas las condiciones sean perfectas para empezar, probablemente empezarás muy pocas veces.

    No necesitas otra excusa. Necesitas dar el primer paso.

    Y aquí hay otra cosa que he aprendido después de años trabajando con personas: no siempre gana el que empieza con más ganas. Gana el que consigue seguir.

    Por eso, quizá la pregunta no sea:

    • «¿Cuándo voy a tener tiempo para empezar?»

    Sino:

    • «¿Qué puedo empezar a hacer con la vida que tengo hoy?»

    Porque no necesitas construir una vida perfecta para empezar a entrenar. Necesitas encontrar una forma de entrenar que encaje en tu vida real. Con tus horarios. Con tus responsabilidades. Con tu nivel. Con tus objetivos. Y con los días buenos y, sobre todo, con los que no lo son tanto.

    Porque el mejor momento para empezar casi nunca aparece. Se construye empezando.

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    Nota de transparencia: La imagen destacada de este artículo ha sido creada mediante inteligencia artificial.